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El libro de Eli


Con la idea archiconocida sobre el calendario maya, parece ser que se pone de moda las películas apocalípticas. La idea aparentemente se origina en los pensamientos de un francés del siglo XIX, llamado Charles Etienne Brasseur de Bourbourg, un sacerdote que se dedicó a la arqueología y quien habría hallado profecías en textos mayas y aztecas antiguos, sobre el fin de nuestra era.

Desde la película “2012”, hasta “The Road”, film que, con la excelente dirección de fotografía del español Javier Aguirresarobe, pone también en evidencia sin mitologías y sobre explicaciones, los confusos nubarrones de la angustia y claustrofobia que el hombre bajo las circunstancias post-apocalípticas de la historia puede llegar a sentir: Temer a todo, incluso al hombre mismo, quien regresa inexorablemente a ¿un estado primitivo?

La nueva cinta “El libro de Eli”, sobre el tema antes enunciado, está dirigido por Albert Hughes y Allen Hughes. Los papeles principales están a cargo de a Denzel Washington como Eli, Gary Oldman como Carnegie, Michael Gambon, Mila Kunis (Savara) y Jennifer Beals entre otros, sobresaliendo la labor de caracterización en conjunto.

Cuando Savara le dice a Eli: “solo los desdichados no encuentran personas de la misma edad”, para referirse a su desgracia y, además, siempre preguntar a Eli lo que queremos conocer los espectadores. De todos modos, muy pronto sabremos de un libro —y no cualquier tratado—. Libro que es el hilo conductor de una historia que resulta ser la metáfora de un mundo desgraciado por el hombre, que no encuentra como buscar su salvación.

Ahora, no es que presenciemos una desigual lucha por la supervivencia, como otros films, sino que se nos plantean cuestiones sobre la esencia del ser humano y de la vida misma. Eli no es el Mad Max justiciero que estamos acostumbrados a ver, o el hombre que tiene que enfrentarse a zombis. Simplemente quiere cumplir su misión. También podríamos recordar, citando desde este punto de vista apocalítico a Will Smith (Robert Neville) en “Soy una leyenda” (tercera adaptación del clásico libro de Richard Matheson de 1954). Aunque es preciso recordar que la idea de Matheson era definir una novela de vampiros moderna, alejada de los estereotipos como “Drácula”.

Por ello, se dimensionó un virus que contaminaba al planeta y producía una serie de mutaciones similares al vampirismo. En ese sentido, “28 Days Later” de Danny Boyle, era mucho más efectiva al crear una atmósfera infernal. De manera que, la discusión queda abierta cuando hablamos de cómo se va a acabar este mundo y sobre todo, cuando estamos apegados a tantos bienes materiales.

De todas formas, “El libro de Eli”, es una película con todos los ingredientes del western —solo que cambia de referente—, donde la fábula resulta, es válida y creíble, en la medida en que el personaje de Eli, nos invoca a todos aquellos seres humanos con las ganas de estar siempre en ese camino al reencuentro y paz con uno mismo.

Hablando de la música, un elemento muy importante en toda película, la partitura del compositor Attico Ross es bastante acertada. Con una banda sonora que mezcla sonidos electrónicos con melodías en las que el protagonista puede darse un respiro, esta baña las imágenes en una atmósfera desasosegante, donde la tranquilidad reinante en algún momento, puede verse obstaculizada en cualquier minuto.

“El libro de Eli” es una película, donde más allá de su planteamiento, una vez se termina la proyección, se siente la necesidad de estar acompañado. Porque el film deja interrogantes que a uno le gustaría responder a otro, aunque en el fondo, tengamos conciencia que son refutaciones para nosotros mismos.

Conclusión: con base en “La historia universal de la destrucción del libro”, de Fernando Báez, la lección no parece estar aprendida: En las guerras —y es lo que se ve en el film como consecuencia de ello—, la destrucción de edificios lleva consigo la destrucción de los libros que allí se conservan. Pero, siempre hay alguien que salva el que debe estar absuelto de toda maldad. Y es que al final, la historia parece indicarnos que todos debemos de alguna manera ser Eli.

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